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True Colors [Evento Navideño 2014]

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True Colors [Evento Navideño 2014]

Mensaje por Invitado el Sáb Dic 20, 2014 4:33 am

La navidad siempre había sido algo importante para Hazel. Aun cuando dejaron de ser lo mismo cuando cumplió quince años y tuvo que modificar sus tradiciones por la ausencia de alguien importante en su vida. Ni siquiera cuando marchó de su ciudad para viajar junto a la compañía de ballet por Europa dejó de asistir cada año a la casa de sus padres y los O’Conner, que eran como su familia también. Por eso, a sus diecinueve años no iba a permitirse romper aquella tradición. Así que acudió al arma infalible que había descubierto hace poco: la indiferencia.

Allí estaba ella, sentada con un costado del cuerpo apoyado en el inmenso ventanal que daba una vista a toda la capital de Alyss. Estaba en el último piso de un rascacielos y podía observar toda la actividad de la ciudad. A diferencia de la mayoría del tiempo, llevaba uno de sus propios abrigos y un pantalón corto que dejaba ver sus torneadas piernas de bailarinas, sólo que los pies los tenía vendados con tiras especiales hasta las rodillas para relajar los músculos. La temporada de ballet había terminado en Merveille, hasta enero, y ahora le tocaba descansar para evitar lesiones. Pero eso no era lo que tenía a la pelirrosa coneja de mal humor. No el dolor, ni el hecho de que necesitara ayuda para caminar, sino el muchacho parado detrás de ella.

—¿Vas a seguirme ignorando, Hazel?—preguntó de nuevo el joven, por cuarta vez, mientras dejaba una lata de cerveza sobre la barra del pequeño bar de la sala. Hazel, por su parte, terminó de trenzarse el cabello y lo dejó caer sobre el hombro, ignorándolo olímpicamente. ¿Cómo podía el muy imbécil venir tan tranquilo a hablarle luego de negarle algo así? Bufó, e hizo un intento de levantarse del lugar, sujetándose de una barra cercana. Y resopló molesta cuando resbaló y alguien la sujetó de la cintura, soportando su peso, de manera que estaba erguida y apenas rozando el piso de madera con la punta de los pies.

—Callaghy—musitó el ángel caído, mirándola con sus profundos ojos negros y la expresión serena.  Su cabello, también oscuro, dibujaba contornos en su rostro, en los cuales Hazel se perdió. Ella sabía que era un truco sucio, nadie la llamaba por su segundo nombre, y él tampoco. Sólo para manipularla. Sólo que ella también podía jugar ese juego. Qué pena que ese ángel caído olvidara que había una pelirrosa que lo conocía como la palma de su mano. Le devolvió la mirada, y usó su experiencia en el ballet para adoptar una expresión de suave angustia. Parpadeó un par de veces, las lágrimas de cocodrilo estaban ahí—. Cally…

—No me digas así, no si no estás dispuesto a recuperar la vida que teníamos—susurró la pelirrosa en un perfecto acto de un sollozo. Al principio creyó que Gale por ser actor, la descubriría, pero no era así.  Ella sabía, ahora con más práctica, bordear las defensas de Gale.

—Cally… No empieces—él también creía que podía jugar sucio. Pero Hazel estaba decidida.

—Mira, vives quejándote de que paso más tiempo con tu hermano. Que comparto más cosas con él, y no es así. Es sólo que yo… ¡Yo adoro la familia que teníamos, las tradiciones que compartíamos!  

—Ajá, pero no quiero hablar de eso. El tema de Christian me tiene enfermo, no me vas a convencer.

—Ni tú a mí—dictaminó, frunció los labios en una mueca de disgusto e impaciencia. Aun así, ninguno de los dos se movió, y seguían unidos en ese abrazo—. Voy a irme para navidad, y te vas a quedar con Tyrion.

—…

—Y supongo, que la foto de este año también será con Christian. Porque él también tiene trabajo aquí en la isla, y sin embargo, va a viajar para estar con su familia—acotó—. Y con la mía.

Gale se quedó callado, y ella prosiguió.

—¿Es por mis padres? No creo que sea por eso, llevas años sin asistir a navidad.

—Porque…—respiró profundo—, era por las cosas que teníamos sin resolver, Hazel.

—Ya están resueltas.

—… sí, pero…

—Mira, encontré una linda tradición y todo. Mientras paso el día tirada en el sofá, leí varios libros sobre Merveille—acarició sutilmente el cuello del muchacho—. En el bosque susurrante hay un árbol del que ningún animal o pájaro come para sobrevivir. Tiene unos frutos blancos que sólo surgen en diciembre.

—Ajá, crecen en temporadas. Entonces.

—Entonces—continuó, dándole un golpecito en el hombro para que no la interrumpiera—. Como decía, son blancos. Y la historia dice que Aisling los deja crecer porque siente la nostalgia de las familias que están separadas. Sabes que en Merveille sólo puedes entrar si la isla te considera digno o algo así.

Gale hizo un ademán de querer abrir la boca. Pero la mirada verde le dijo que mejor era callar.

—Sólo funcionan fuera de la isla. Los regalas a tus familiares. Y si son dignos, de tornarán celestes. Si no lo son, seguirán blancos. Resulta que yo ya los fui a buscar…Y planeo que se los regalemos a nuestros padres. Así tendrán una entrada asegurada a Merveille, para las fiestas, para cuando quieran.

—Eres…imposible—la alzó en volandas y comenzó a subir las escaleras—. Somos ángeles caídos, ¿cuántas veces te lo tengo que decir? El bosque susurrante nos detesta.

—¿Pero vamos a irnos para navidad?

—….Sí

Hazel soltó un chillido, como una de las fans del ángel, y lo abrazó del cuello.


---


En esa casa que los había visto crecer a ambos, parecía un deja vú. Los dos, con sus gorros de tela tejidos por Audrey, la madre de Gale. Tomando sidra caliente y riendo de cada broma ocurrente del padre de Hazel (Gale hacía un esfuerzo titánico por reír). Y es que tendría que aguantarse a Hazel todas las vacaciones diciendo “Te lo dije, estreñido”
Los frutos celestes adornaban el centro de una mesa. Por un momento creyeron que la del padre de Gale no se tornaría de otro color distinto al blanco, pero lo hizo, y celebraron con una gran cena y vino.

—Feliz navidad, Cally—le susurró Gale de improviso, cuando ella volvía de la cocina. Estaban en la mitad del pasillo. Ella sonrió, y dejó la taza de sidra caliente a un lado.

—Feliz navidad, ángel que no tiene una familia tan condenada como cree—contestó en broma, pero con cariño. Miró por encima de la cabeza del mayor y le hizo una seña con el dedo para que se acercar. En cuanto se inclinó, lo tomó por la bufanda y le clavó un beso. Afuera se escuchaban los fuegos artificiales que anunciaban la navidad, ya era medianoche, veinticinco de diciembre. Los labios de ambos estaban tibios por el licor, y sabían a la sidra que llevaban tomando. Pero el beso era dulce, siendo el primero que compartían en una fecha así, y debajo del muérdago. El sonido de un obturador los hizo separarse. Una cámara.

—Lindos…lindos se ven con mis gorros—celebró la mujer. Audrey sonreía con serenidad mientras sostenía en sus manos el dichoso aparato.

—Madre…¿Qué estás haciendo?—musitó Gale con cuidado. Su madre estaba especialmente sensible por ser la primera navidad que pasaba con ellos en cuatro años.

—Es la tradición navideña de aquí—contestó Audrey—. Una foto anual—señaló las que cubrían una alta pared. Se acercó a los jóvenes y les mostró la pantalla de la cámara digital—. Esta es bastante original a las que ya tenemos, sí señor.

Gale puso cara de pocos amigos, y Hazel sonrió con un ligero sonrojo. Lo peor vino, cuando

Audrey fue muy tranquila a mostrar la foto al resto de la familia.

—¡Miren todos!

—¡Mamá, no. Al señor Rothfuss no!

La foto permaneció, desde el día siguiente, en la pared. Con todas las que faltaban.
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